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Docente en la Universidad La Salle, autor de Sombras en el agua (2011).

domingo, 2 de agosto de 2009

Romanticismo en el Perú y Mariano Melgar



Significado del romanticismo en el Perú
Por Jorge Monteza Arredondo
jormonteza@hotmail.com

I El Romanticismo europeo
El romanticismo es una de las literaturas más amplias y ricas del mundo y por eso mismo, compleja; sobre todo en su definición. Que el nacimiento oficial del romanticismo se da en Alemania a fines del siglo XVIII hasta mediados del XIX, y que surge en oposición la neoclasicismo enalteciendo los sentimientos de libertad y pasión, y célebres nombres como, Schlegel, Novalis, Virtor Hugo, Goethe lo representan, es cosa consabida, y nada nos dicen de su ser como ideario o corriente.
Los sentimientos románticos tenían contacto con tantos otros sentimientos, y había tanta filosofía, ciencia y política y a la par, paganismo y cristianismo en lo romántico, que era cada vez más difícil identificarlo. Hubo un momento en el mundo que todo era romántico, y entonces se llegó a la conclusión de que lo romántico, por definir tanto, no definía nada. Los críticos confesaron que no sabían lo qué era. ¿Qué en común podrían tener Hölderlin, que era romántico, con Espronceda, que también lo era?
Como se observará es difícil atribuir al romanticismo una unidad intencional o significativa; es más, pareciera que su naturaleza se opone a esos intentos de codificación. No es posible reconocerlo por la ideología ni por la unidad intencional sino sólo por su carácter, predominantemente apasionado, “lo romántico no se delata por la forma exterior, sino por la interior, o sea por el movimiento (…) por la entrega sin disculpas y sin reservas al volcán interior, al Sturm und Drang [tormenta y pasión] del espíritu” (Cirlot 1949:350)
Enrique de Gandia (1946) ha buscado en los orígenes del romanticismo aquello que lo defina, el crítico argentino sostiene que lo romántico se da con los elementos de los antiguos romances, pero romance no en el significado del latín que se refiere al nombre de la lengua, sino en el sentido popular: historia, relato, que en actualidad equivaldría a lo novelesco, sin embargo estos elementos no son en sí mismo románticos sino hasta que sean expresados en un estilo y gesto románticos, de no ser así estos elementos –amor, muerte, heroísmo- podrían ser clásicos, realistas, naturalistas, etc. Y para de Gandia esto del gesto romántico no es otra cosa que el carácter de las antiguas novelas de caballería, “En otras palabras lo romántico es lo que tiene un viejo gesto Español (...) que se habría formado en su historia. Durante ocho siglos España se halló en lucha contra los moros. Esta cruzada creó en ellos, antes que en ningún otro país, el sentido de lo nacional y del nacionalismo” (Ibit, 24). Es decir, en España lo romántico era una realidad histórica, los hombres vivían diariamente lo novelesco, y en ese sentido afirma De Gandia que hay un romanticismo histórico vivido y un romanticismo literario, de evocación.
No ha de ser una novedad que el sentido de lo romántico en la actualidad ha devenido devaluado y semánticamente también está maltratado, hoy hay dos acepciones distintas, en terrenos distintos, de lo romántico, que desgraciadamente suelen confundirse: lo romántico que define un ismo, un estilo literario y artístico, con características forjadas y definidas –más forjadas que definidas- por las plumas de los estudios y críticos, por lo tanto su definición es académica. Y otro, derivado los bordes significativos del anterior, es decir de lo que superficialmente significa; esta segunda acepción se ubica en el terreno de lo cotidiano, por lo tanto su significación es variada y ambigua, puede referirse a lo iluso o idealista, así como se refiere al que está enamorado o también a lo que no es práctico. Y por un efecto bumerán este sentido ya ultrajado ha regresado a su original y le ha dado en la cabeza, desestabilizándolo.
Si en Europa el romanticismo fue considerado como el florecimiento de fin de época, de evocación de las grandes revoluciones y de tiempos pretéritos, en franca rebeldía con el presente y el orden social –de hegemonía burguesa– imperante. En el Perú no fue así, como es sabido, aquí el romanticismo surge tardíamente (1840), cuando el fervor ver la patria liberada estaba apagándose, quizá porque prontamente después de 1821 (declaración de la independencia) la gran mayoría de los peruanos no se sentía liberado ni independiente. Mientras aquí aparecía el romanticismo, en Europa llegaba a su fin.

II Lo romántico, Mariano Melgar
En nuestra literatura Mariano Melgar está considerado como el precursor del romanticismo y, además, por José Carlos Mariátegui, como “el primer momento peruano de esta literatura” (1981:267), lo que equivaldría a sostener que la literatura peruana nace romántica y además arequipeña. Melgar es por excelencia un romántico, y no sólo de obra sino también en vida, la suya fue una vida novelesca con gesto romántico en el sentido que De Gandia refiere: Melgar fue el poeta y joven patriota que murió heroicamente en el campo de batalla buscando ver la patria liberada. Amante apasionado que se rebeló contra todo lo que se opusiera a su amor, a su amor imposible y que abandonó una prominente carrera en el sacerdocio y luego en la jurisprudencia por delirios de amor, y buscó sus remedios volcando su pasión a la patria para defenderla y liberarla, pero sobre todo escribió poesía amorosa, y patriota. El preclaro e intelectual precoz había tomado la cruz, la espada y la pluma antes de morir prematuramente por esos ideales; así como el caballero medieval cuyo lema de vida era defender tres cosas sobre todas las cosas: mi Dios, mi patria y mi dama por las que se vivía y también se moría. De ese espíritu, como sostiene De Gandia, proviene el romanticismo, es decir a lo que él llama el romanticismo vivido. Pero De Gandia no observa que esa actitud, ese espíritu no puede ser considerado un ismo, corriente o escuela, porque un ismo se refiere más bien, a un determinado estilo que predomina en una época, con una tendencia del pensamiento y la cultura de manera colectiva, o sea, es esa actitud o espíritu refractado en una manifestación cultural como el arte y la literatura (en forma colectiva). Es decir, lo caballeros medievales eran auténticos románticos, pero ellos no formaban una corriente que podamos llamar romanticismo -aunque la vida del caballero era romántica- porque sus andanzas no se expresaba en un producto literario de estilo romántico; las novelas de caballería, llenas de hazañas fabulosas son más maravillosas que románticas. Así como tampoco podemos llamar representante del romanticismo a Melgar -aunque sus poemas sean románticos-, porque esa expresión no era colectiva. Así, a Melgar o su obra se ha dado en llamarlos pre-romanticismo, lo cual por supuesto tampoco es un ismo, sino sólo un distintivo temporal. Sin embargo, el significado y valor de Melgar radican en esa actitud romántica y en su signo de precursor.
Suele ocurrir, y es normal en la literatura, que una gran obra provoque en el lector conocer al autor, y con esto los pormenores de su vida, es un natural pero siempre secundario deseo. En el caso de Melgar fue al revés. Fue su vida o mejor dicho su muerte, el término de una vida intensa, que incentivó en la época la lectura de su poesía. Hacia 1827 se publica Carta a Silvia, desde entonces abundaron las publicaciones en revistas, periódicos y antologías con bastante buena acogida, al parecer más por saber qué y cómo escribía el héroe. En 1865, Manuel Moscoso Melgar –sobrino de Mariano– presenta el libro Poesías de Don Mariano Melgar; el motivo, según el propio Manuel Moscoso, recordar el cincuentenario del fusilamiento del poeta (Poesía completa, M.M., 1997). El libro, considerado por la crítica como la edición oficial de la poesía melgariana, aparece con una biografía del poeta, también la primera biografía, Y es que en Melgar fue más determinante el elemento prosaico que el lírico en el sentido que el influjo histórico e incluso mítico, en suma eso novelesco de su vida más que su obra poética –admitámoslo-, le forjó su sitial en la literatura peruana. En general, la crítica no fue muy generosa con su poesía hasta el famoso ensayo de José Carlos Mariátegui que encuentra en los yaravíes de Melgar la primera manifestación de una literatura auténticamente mestiza. Y después de Mariátegui, esto ha sido reafirmado repetidas veces por la crítica, sin olvidar que Mariátegui se estaba refiriendo a un valor histórico de los yaravíes, puesto el proyecto de Mariátegui más que rescatarlos literariamente, era el de construir una nación y tomó lo que más auténticamente mestizo le pareció.
Ciertamente no se puede negar el carácter precursor de Melgar. Para Luis Alberto Sánchez
-de acuerdo con Mariátegui en que los yaravíes son la primera expresión mestiza literaria en el Perú-, Melgar es el primer poeta republicano y romántico del Perú, pero además, dice L. A. Sánchez, que con Melgar aparece por primera vez en nuestra literatura la mujer: “Antes de Melgar, es decir, antes de Silvia ¿cuál fue el nombre que recogiera la historia literaria…? (…) El primero en nombrar al objeto de sus ensueños con un nombre real, aunque siempre artificioso, fue Melgar” (1981: 756). Por otro lado Jorge Cornejo Polar observó que el tema de la naturaleza, propio del romanticismo, aparece también por primera vez en al poesía de Melgar.
Bueno, digamos que en toda historia literaria no faltan escritores que tiene un lugar que no se justifica con el valor intrínseco de la obra, es el caso de la poesía de Melgar, cuyo sitial radica más bien en su carácter inaugural, que no es pequeña cosa sino un punto indispensable en todo proceso literario. Pero mejor defensa hace el mismo Luis Alberto Sánchez. “Si se insiste en menospreciar al poeta (Melgar) por imperfecto, se comete craso error. Cualquiera fuese su torpeza expresiva, le salva su valentía temática. Él rompe las trabas coloniales. Exalta a la mujer. Se entrega a la patria” (1981: 766)

III El romanticismo en el Perú
Si bien, como sostiene Cirlot (1949), no es posible reconocer el romanticismo por la ideología ni por la unidad intencional, sino sólo por su carácter, no por su forma exterior sino por la interior, y aunque algunos críticos han llegado ha dudar la existencia del romanticismo en el Perú –y este ensayo observa la duda–. No se puede negar el carácter y tema románticos que se ha experimentado en las letras peruanas con la obra de Mariano Melgar, pero como ya se mencionó esta experiencia está fuera de constituirse en un ismo por dos razones; una cronológica, que no era determinante; y otra es que Melgar fue una isla en la inclinación temática de su obra, no tuvo seguidores inmediatos, y esta sí era determinante.
José Miguel Oviedo ha dicho del romanticismo peruano que fue “tardío y endeble: casi todo lo que produjo, en el campo de la poesía, el drama y la novela bien pueden permanecer olvidado, sin que perdamos mayor cosa, a excepción de Ricardo Palma” (1997:117), que sin duda es la mejor expresión literaria de esta época que llamamos romanticismo y sin embargo Palma es el que menos se parece y se ajusta al romanticismo.
Y es que el nuestro no sólo fue tardío sino también pasivo y hasta incoherente. Los románticos peruanos repitieron temas y formas de los maestros franceses y españoles, naturalmente con algunas predilecciones temática, al decir de Jorge Cornejo Polar “Desolación, soledad, incomprensión, desengaño y muerte aparecen constantemente. Este sistema expresivo es especialmente visible en al poesía de inspiración intimista, confesional, amatoria, que es, por cierto la que predominó en el romanticismo peruano” (HLP :33); por supuesto esta imitación pasiva no implicaba el nivel.
Mientras que el carácter del romanticismo en Europa estuvo marcado por una actitud de rebeldía y retorno al pasado. Fundían el ímpetu literario con el credo político. “Cuando la burguesía ocupó el lugar dominante en al sociedad, y cuando su vida no se exaltaba ya con el fuego de la lucha emancipadora, entonces el arte nuevo no tuvo otra tarea que idealizar la negación del orden burgués de la vida. El arte romántico fue, precisamente esta idealización” (Plejanov, en L. A. Sánchez. 1981: 928) Mientras que Europa el romanticismo se rebelaba contra el modo de vida burgués, aquí los escritores románticos representaban el orden burgués produciendo un romanticismo de alcoba. “En La bohemia de mi tiempo Palma insiste en el generoso mecenazgo público y en la rapidez con la que alcanzaron posiciones privilegiadas en la diplomacia, la política, la administración del Estado” (En Cornejo Polar. 31). Ciertamente nuestra realidad es diferente a la europea, y tiene que serlo, pero la opción temática y actitud de nuestro romanticismo parece un tanto incomprensible e incoherente entre la relación de lo que le tocó vivir y el carácter del romanticismo. Aunque ya Alejandro Losada ha observado esta situación y arguye que nuestra generación romántica estuvo determinada por una ambigua relación simultánea con la modernidad europea y un público nacional tradicional” que pretendía. “ponerse a tono con la época pero manteniendo al mismo tiempo una estructura social y un comportamiento coloniales” (En Cornejo Polar: 31). En esta época se perdió las posibilidades que había abierto Mariano Melgar, y que tanta falta hacía, principalmente en la incorporación de elementos y formas culturales indígenas a la literatura culta. Si Melgar con su carácter precursor pagó su derecho de piso en la historia de la literatura, cabría preguntarse si los escritores románticos, excepto Palma y tal vez Salaverry, merecen ser salvos; es cosa que todavía hay que pensar. Este es un período fracturado y no sólo cronológica, sino, lo que es más grave, culturalmente debido a que no hubo una continuidad en la búsqueda de un mestizaje cultural en la literatura, que por derecho y definición esa exploración le tocaba al romanticismo y así su rasgo particular estaría ajustado y en coherencia con nuestra realidad cultural. Es por eso que no alcanzamos en rigor a un romanticismo peruano sino sólo a lo romántico en el Perú.


BIBLIOGRAFÍA
CORNEJO POLAR, ANTONIO Historia de la literatura en el Perú Republicano
CIRLOT, JUAN EDUARDO Diccionario de los Ismos. Ed. Argos. 1949. Barcelona – BB. AA.
DE GANDIA, ENRIQUE Orígenes del romanticismo Ed. Atalaya. BB. AA.1946
MARIÁTEGUI, JOSÉ CARLOS 7 Ensayos de la interpretación de la realidad peruana Amauta. Lima Perú 1981
OVIEDO, JOSÉ MIGUEL Historia de la literatura hispanoamericana Ed. Alianza Madrid.1997
SÁNCHEZ, LUIS ALBERTO La literatura peruana t. III. Ed. Juan Mejía Baca. Lima Perú 1981

viernes, 12 de junio de 2009

Inca Garcilaso de la Vega



COMENTARIO A LOS REALES
Por Jorge Monteza
Los Comentarios reales de los Incas cumplen 400 años de su publicación, se trata nada menos de la obra que inaugura las letras peruanas, para unos la literatura, para otros la historia, y no falta para quien ambas cosas juntas y a la vez como es mi caso.
Pocas veces en la literatura peruana –usando el término literatura en su forma genérica- un libro ha corrido suerte tan contrariada respecto de su difusión como los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega, patriarca de nuestras letras (en eso hay mayor consenso). En 1609 para su publicación, como todo libro de la época, contó con la aprobación de varias instancias entre ellas la Santa Inquisición para finalmente decir “no se halla en él cosa en contra de la fe y de las buenas costumbres”. Sin embargo a fines del siglo XVIII, después de la insurrección de Túpac Amaru II se prohibió su lectura en el virreinato del Perú bajo Cédula Real según la cual “aprendían en ellos lo naturales muchas cosas inconvenientes” ¿Qué tan graves e inconvenientes eran esas cosas que se aprendían de los Comentarios reales? Que se decomisaban sus ejemplares para condenarlos al fuego y castigar hasta con el exilio a sus lectores y epígonos. A lo que temían el virreinato era a que los colonizados alimentaran la conciencia de la grandeza del imperio del que procedían, que el vasallo se reconociese en otros tiempos como gobernador; y ciertamente para la corona esto era peligroso porque azuzaba los ánimos de insurrección. Algunos años después la corriente independentista del sur por las mismas razones se aboca a la difusión de los Comentarios reales porque el reconocer grande nuestros orígenes alimentaría nuestro anhelo de libertad.
Es cosa difícil medir los alcances político-sociales de esta obra, pero sí está claro que recupera y engrandece un pasado histórico-cultural que a los cronistas españoles les era difícil porque ignoraban o apenas conocían el runasimi, lo que repetidas veces les ha conducido a error, tal como lo señala profusamente Garcilaso quien gozaba de una situación privilegiada para tal caso: ser mestizo, dominar el castellano –lengua que le permitió la gloria literaria- y haber alimentado su espíritu y pensamiento de historias del pasado incaico en quechua, que al decir del propio Garcilaso sólo escribió “lo que mamé en la leche y vi y oí a mis mayores”, se refiere a su madre la ñusta Isabel Chimpu Ocllo y sus otros parientes de la nobleza incaica.
Así, Garcilaso grabó en sus cometarios las historias de cómo está transfigurada en las estrellas la alpaca celeste cuyos miembros forman la Vía Láctea, y que en las manchas de la luna se reconoce los brazos de la zorra mitológica que se enamoró de la diosa Quilla (luna), y de cómo la lluvia proviene del cántaro de una doncella divina a quien su hermano se lo quiebra con el fragor del trueno (el simbolismo es sugerente si contamos que en la nobleza incaica se casaban entre hermanos), cuenta sobre las secretas hierbas medicinales, los agüeros y conjuros en los que creían los incas, sus dinastías y emperadores entre las que destaca la fabulosa historia del príncipe Huiracocha que después de ser exiliado se le aparece su tío el fantasma Huiracocha anunciándole que el imperio corre peligro, y cómo el príncipe regresa al Cusco como caudillo para salvar el imperio del ejercito rebelde de los Chancas, cómo el pueblo lo proclama héroe y nuevo inca y nace el mito de Huiracocha. Páginas que se leen con el mismo placer e interés que una de las mejores escenas de la Iliada. Se cuenta cómo a los ojos del inca Mayta Cápac –el más grande inca para Garcilaso- muere un águila atacada por un grupo de halcones de lo que sus sacerdotes interpretan el anuncio de que el imperio caerá por obra de unos extranjeros, de cómo sus hijos Atahualpa y Huáscar se dividen el imperio, cuenta la llegada de los españoles, y de cómo la traición de Atahualpa a Huáscar facilita la conquista del imperio.
En suma se cuenta todo lo que, al decir de Jorge Basadre, un peruano de su tiempo debe saber. Se equivocan quienes piensan que ser un hombre de su tiempo es estar al tanto sólo de las novedades librescas y los últimos acontecimientos de la actualidad. Para ser un peruano de su tiempo en la actualidad es preciso guardar una memoria de… aproximadamente mil años, y cuando menos e ineludiblemente de 400 años, de lo contrario uno se queda como un ignorante en la estrechez del día a día.

Arequipa, la leyenda de su nombre

El nombre de Arequipa
Por Jorge Monteza
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sobre el origen del
nombre de Arequipa
los estudiosos han dado
algunas respuestas, pero
a los datos de la etimología
se sobrepone la leyenda.
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Acerca de qué significan los nombres se han pronunciado desde el esoterismo hasta la ciencia que se ocupa de los signos (semiótica). En estos extremos, la primera dice que un nombre es algo así como una marca que determina a quien lo posee; la segunda dice que un nombre no es más que un espacio en blanco, una tabla rasa en la que se va imprimiendo un significado sólo cuando decimos algo de quien lo posee, o sea –para decirlo de una manera reductora- el significado se hace y no se nace con él.
Pensemos en el significado o posibles significados de Arequipa. El nombre de “Arequipa” tiene orígenes que se pierden en la leyenda, lo cual acentúa el carácter peculiar de lo arequipeño. El inca Garcilaso en sus Comentarios Reales observa que “según el padre Blas Valera Arequepa quiere decir trompeta sonora”. Cabría pensar, etonces, que el rastro simbólico de ello se hallaría en el Tutututu, que halla en el centro del centro de Arequipa. En palabras del ensayista Aurelio Miró Quesada: “Arequipa se empeña en refrendar la fina leyenda de su nombre”, que según cuentan fue debido a Mayta Cápac, a quien al pasar con su ejército por esta zona uno de sus capitanes pidió permiso para quedarse. El inca, comprensivo, respondió “Ari, quepay” (sí, quedaos) “Los investigadores –dice Miró Quesada- dudan de la autenticidad de esas palabras, pero por fuerza de sugestión no se ha perdido”. Otra versión dice que los Aymara fundaron este lugar, pues en el lenguaje Aymara "ASI" significa la "cumbre" y "QUIPA", detrás. Significaría esto, "detrás del violcán".
Los estudios sobre el origen de esta palabra han dado algunas respuestas, pero a los datos de la etimología se sobrepone la leyenda. Y en el significado de un nombre mucho tiene que ver lo que se describe dentro de ese nombre, aún si es leyenda.
El término Arequipa adquiere significado en base al capital simbólico que formamos sobre la ciudad, pero también en torno a los nombres descriptivos. Esto es, una adjetivación que llene el espacio en blanco (por ejemplo: Laura, la del pañuelo). Que muchas veces pueden funcionar como sobrenombres. En caso de Arequipa tenemos: Arequipa, eterna primavera. La frase elogiosa fue emitida nada menos que por Miguel de Cervantes en su Canto de Calíope. Pero fue el equívoco convenecioso del imaginario colectivo que entendió esa frase descontextualizada como un rasgo de Arequipa, cuando en realidad Cervantes se refería a los versos del, también mitico, poeta Diego Martínez de Ribera, diciendo de éste, que el genio de sus versos produjo en Arequipa, eterna primavera; pues Cervantes no conoció Arequipa sino de oídas. El caso es que este error colectivo contribuyó a imaginar una ciudad –cuyo clima es seco- tan primaveral como un cuadro de Botticelli.
En 1985 el papa Juan Pablo II visitó Arequipa y la rebautizó como La Roma de América, por su ferviente catolicismo y su espíritu religioso. Y no le faltaban motivos, su recibimiento fue apoteósico. Es que en Arequipa la religión goza de más poder de convocatoria que el mismo fútbol, por ejemplo. Una de las pocas veces que se llenó el estadio de la UNSA fue cuando llegó ahí la Virgen de Chapi. De los mayores atractivos turísticos del centro de la ciudad son sus iglesias. La religión es un componente de alto grado en la cultura arequipeña, y por eso es una ciudad tan conservadora.
La ciudad blanca es un apelativo atribuido al color del sillar por los propios arequipeños, pero esa blancura parece no sólo referirse al color del sillar sino, de forma oculta, insinúa la blancura de la raza. Arequipa, incluso después de la colonia “era el centro de población española –o por mejor decir, de raza blanca- más numerosa en toda la vasta extensión del Perú”, al decir de Miro Quesada.
Ese significado escondido se puede revelar en la siguiente situación: Un señor de patillas largas, bigote y cabello blanco, un auténtico characato diríamos, que está viajando en la combi le comenta a su compañero, de rasgos criollos también “Qué ciudad blanca, Arequipa ya está dejando de ser la ciudad blanca... con tanto huanaco que llega”.
Blanca era un adjetivo idóneo para una ciudad señorial que Arequipa hace buen rato ha dejado de ser, por cierto, pero estas descripciones al convertirse en mito perviven en el pensamiento y la conducta. Es decir, un sector de conservadores aún insiste en verla aristocrática e identifica lo arequipeño con la “raza blanca” en una ciudad por demás mestiza y de un conglomerado variopinto propio de toda urbe. También soy de quienes creen que Arequipa es grande y heroica, pero además de la grandeza histórica es notable que Arequipa siga creciendo (haciéndose más grande), sino fijémonos en la extensión que tiene el Cono Norte, fijémonos en el tamaño del mercado del Avelino, sectores que han crecido en un medio un tanto adverso no sin una cuota de heroísmo, propio de todo buen arequipeño, pues.