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Docente en la Universidad La Salle, autor de Sombras en el agua (2011).

viernes, 12 de junio de 2009

Inca Garcilaso de la Vega



COMENTARIO A LOS REALES
Por Jorge Monteza
Los Comentarios reales de los Incas cumplen 400 años de su publicación, se trata nada menos de la obra que inaugura las letras peruanas, para unos la literatura, para otros la historia, y no falta para quien ambas cosas juntas y a la vez como es mi caso.
Pocas veces en la literatura peruana –usando el término literatura en su forma genérica- un libro ha corrido suerte tan contrariada respecto de su difusión como los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega, patriarca de nuestras letras (en eso hay mayor consenso). En 1609 para su publicación, como todo libro de la época, contó con la aprobación de varias instancias entre ellas la Santa Inquisición para finalmente decir “no se halla en él cosa en contra de la fe y de las buenas costumbres”. Sin embargo a fines del siglo XVIII, después de la insurrección de Túpac Amaru II se prohibió su lectura en el virreinato del Perú bajo Cédula Real según la cual “aprendían en ellos lo naturales muchas cosas inconvenientes” ¿Qué tan graves e inconvenientes eran esas cosas que se aprendían de los Comentarios reales? Que se decomisaban sus ejemplares para condenarlos al fuego y castigar hasta con el exilio a sus lectores y epígonos. A lo que temían el virreinato era a que los colonizados alimentaran la conciencia de la grandeza del imperio del que procedían, que el vasallo se reconociese en otros tiempos como gobernador; y ciertamente para la corona esto era peligroso porque azuzaba los ánimos de insurrección. Algunos años después la corriente independentista del sur por las mismas razones se aboca a la difusión de los Comentarios reales porque el reconocer grande nuestros orígenes alimentaría nuestro anhelo de libertad.
Es cosa difícil medir los alcances político-sociales de esta obra, pero sí está claro que recupera y engrandece un pasado histórico-cultural que a los cronistas españoles les era difícil porque ignoraban o apenas conocían el runasimi, lo que repetidas veces les ha conducido a error, tal como lo señala profusamente Garcilaso quien gozaba de una situación privilegiada para tal caso: ser mestizo, dominar el castellano –lengua que le permitió la gloria literaria- y haber alimentado su espíritu y pensamiento de historias del pasado incaico en quechua, que al decir del propio Garcilaso sólo escribió “lo que mamé en la leche y vi y oí a mis mayores”, se refiere a su madre la ñusta Isabel Chimpu Ocllo y sus otros parientes de la nobleza incaica.
Así, Garcilaso grabó en sus cometarios las historias de cómo está transfigurada en las estrellas la alpaca celeste cuyos miembros forman la Vía Láctea, y que en las manchas de la luna se reconoce los brazos de la zorra mitológica que se enamoró de la diosa Quilla (luna), y de cómo la lluvia proviene del cántaro de una doncella divina a quien su hermano se lo quiebra con el fragor del trueno (el simbolismo es sugerente si contamos que en la nobleza incaica se casaban entre hermanos), cuenta sobre las secretas hierbas medicinales, los agüeros y conjuros en los que creían los incas, sus dinastías y emperadores entre las que destaca la fabulosa historia del príncipe Huiracocha que después de ser exiliado se le aparece su tío el fantasma Huiracocha anunciándole que el imperio corre peligro, y cómo el príncipe regresa al Cusco como caudillo para salvar el imperio del ejercito rebelde de los Chancas, cómo el pueblo lo proclama héroe y nuevo inca y nace el mito de Huiracocha. Páginas que se leen con el mismo placer e interés que una de las mejores escenas de la Iliada. Se cuenta cómo a los ojos del inca Mayta Cápac –el más grande inca para Garcilaso- muere un águila atacada por un grupo de halcones de lo que sus sacerdotes interpretan el anuncio de que el imperio caerá por obra de unos extranjeros, de cómo sus hijos Atahualpa y Huáscar se dividen el imperio, cuenta la llegada de los españoles, y de cómo la traición de Atahualpa a Huáscar facilita la conquista del imperio.
En suma se cuenta todo lo que, al decir de Jorge Basadre, un peruano de su tiempo debe saber. Se equivocan quienes piensan que ser un hombre de su tiempo es estar al tanto sólo de las novedades librescas y los últimos acontecimientos de la actualidad. Para ser un peruano de su tiempo en la actualidad es preciso guardar una memoria de… aproximadamente mil años, y cuando menos e ineludiblemente de 400 años, de lo contrario uno se queda como un ignorante en la estrechez del día a día.

Arequipa, la leyenda de su nombre

El nombre de Arequipa
Por Jorge Monteza
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sobre el origen del
nombre de Arequipa
los estudiosos han dado
algunas respuestas, pero
a los datos de la etimología
se sobrepone la leyenda.
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Acerca de qué significan los nombres se han pronunciado desde el esoterismo hasta la ciencia que se ocupa de los signos (semiótica). En estos extremos, la primera dice que un nombre es algo así como una marca que determina a quien lo posee; la segunda dice que un nombre no es más que un espacio en blanco, una tabla rasa en la que se va imprimiendo un significado sólo cuando decimos algo de quien lo posee, o sea –para decirlo de una manera reductora- el significado se hace y no se nace con él.
Pensemos en el significado o posibles significados de Arequipa. El nombre de “Arequipa” tiene orígenes que se pierden en la leyenda, lo cual acentúa el carácter peculiar de lo arequipeño. El inca Garcilaso en sus Comentarios Reales observa que “según el padre Blas Valera Arequepa quiere decir trompeta sonora”. Cabría pensar, etonces, que el rastro simbólico de ello se hallaría en el Tutututu, que halla en el centro del centro de Arequipa. En palabras del ensayista Aurelio Miró Quesada: “Arequipa se empeña en refrendar la fina leyenda de su nombre”, que según cuentan fue debido a Mayta Cápac, a quien al pasar con su ejército por esta zona uno de sus capitanes pidió permiso para quedarse. El inca, comprensivo, respondió “Ari, quepay” (sí, quedaos) “Los investigadores –dice Miró Quesada- dudan de la autenticidad de esas palabras, pero por fuerza de sugestión no se ha perdido”. Otra versión dice que los Aymara fundaron este lugar, pues en el lenguaje Aymara "ASI" significa la "cumbre" y "QUIPA", detrás. Significaría esto, "detrás del violcán".
Los estudios sobre el origen de esta palabra han dado algunas respuestas, pero a los datos de la etimología se sobrepone la leyenda. Y en el significado de un nombre mucho tiene que ver lo que se describe dentro de ese nombre, aún si es leyenda.
El término Arequipa adquiere significado en base al capital simbólico que formamos sobre la ciudad, pero también en torno a los nombres descriptivos. Esto es, una adjetivación que llene el espacio en blanco (por ejemplo: Laura, la del pañuelo). Que muchas veces pueden funcionar como sobrenombres. En caso de Arequipa tenemos: Arequipa, eterna primavera. La frase elogiosa fue emitida nada menos que por Miguel de Cervantes en su Canto de Calíope. Pero fue el equívoco convenecioso del imaginario colectivo que entendió esa frase descontextualizada como un rasgo de Arequipa, cuando en realidad Cervantes se refería a los versos del, también mitico, poeta Diego Martínez de Ribera, diciendo de éste, que el genio de sus versos produjo en Arequipa, eterna primavera; pues Cervantes no conoció Arequipa sino de oídas. El caso es que este error colectivo contribuyó a imaginar una ciudad –cuyo clima es seco- tan primaveral como un cuadro de Botticelli.
En 1985 el papa Juan Pablo II visitó Arequipa y la rebautizó como La Roma de América, por su ferviente catolicismo y su espíritu religioso. Y no le faltaban motivos, su recibimiento fue apoteósico. Es que en Arequipa la religión goza de más poder de convocatoria que el mismo fútbol, por ejemplo. Una de las pocas veces que se llenó el estadio de la UNSA fue cuando llegó ahí la Virgen de Chapi. De los mayores atractivos turísticos del centro de la ciudad son sus iglesias. La religión es un componente de alto grado en la cultura arequipeña, y por eso es una ciudad tan conservadora.
La ciudad blanca es un apelativo atribuido al color del sillar por los propios arequipeños, pero esa blancura parece no sólo referirse al color del sillar sino, de forma oculta, insinúa la blancura de la raza. Arequipa, incluso después de la colonia “era el centro de población española –o por mejor decir, de raza blanca- más numerosa en toda la vasta extensión del Perú”, al decir de Miro Quesada.
Ese significado escondido se puede revelar en la siguiente situación: Un señor de patillas largas, bigote y cabello blanco, un auténtico characato diríamos, que está viajando en la combi le comenta a su compañero, de rasgos criollos también “Qué ciudad blanca, Arequipa ya está dejando de ser la ciudad blanca... con tanto huanaco que llega”.
Blanca era un adjetivo idóneo para una ciudad señorial que Arequipa hace buen rato ha dejado de ser, por cierto, pero estas descripciones al convertirse en mito perviven en el pensamiento y la conducta. Es decir, un sector de conservadores aún insiste en verla aristocrática e identifica lo arequipeño con la “raza blanca” en una ciudad por demás mestiza y de un conglomerado variopinto propio de toda urbe. También soy de quienes creen que Arequipa es grande y heroica, pero además de la grandeza histórica es notable que Arequipa siga creciendo (haciéndose más grande), sino fijémonos en la extensión que tiene el Cono Norte, fijémonos en el tamaño del mercado del Avelino, sectores que han crecido en un medio un tanto adverso no sin una cuota de heroísmo, propio de todo buen arequipeño, pues.