Datos personales

Mi foto
Docente en la Universidad La Salle, autor de Sombras en el agua (2011).

viernes, 28 de enero de 2011

Fragmentos de Todas las sangres

Estremecido terminé de leer Todas las sangres, alguna vez injustamente descalificada por algunos; y es acaso la menos leída de Arguedas, quizá porque sus aproximadamente 600 páginas intimidan. No obstante, es un libro imprescindible en la literatura peruana y latinoamericana. Todas las sangres abarca y cierra un mundo que, paradójicamente, crece y se expande como ese “sonido de grandes torrentes que sacudían el subsuelo, como si las montañas empezarán a caminar”, con el que termina la novela a la muerte de Rendón Wilka. Es sin duda la novela total de José María Arguedas.

Aquí unos fragmentos que dan cuenta de su potencia como narrador, su fina sensibilidad y agudeza como observador: unas chispas del sol.


De la bandera peruana

Las comunidades todavía aisladas de indios, no conocen del Perú sino la bandera. No saben siquiera pronunciar el nombre de la patria; no conocían ni conocen, casi todas ellas, el hombre de la provincia, mucho menos del departamento “¡Bandera piruana!”, sí, saben decir. E intentan protegerse con ella de las incursiones de los hacendados, de las autoridades políticas, de los policías. Y la agitan cuando se sienten felices. Porque hasta hace poco, todos, miserables y todopoderosos, respetaban esa misteriosa insignia. Bosques de banderas peruanas tiemblan sobre las chozas que las familias sin casa construyen “clandestinamente” en los arenales sin dueño que invaden en los alrededores de Lima. Cada vez las ponen a mayor altura sobre carrizos excepcionalmente grandes o empalmando dos o tres cañas. Pero ya las balas no respetan la “bandera piruana” en los últimos años; al pie de ella caen muertas criaturas y hombres hambrientos. No la cambiarán, sin embargo, los indios, no sabemos hasta qué tiempos, y según lo que hagan ellos mismos y quienes los consideran únicamente como caballos de tiro.

Todas las sangres (Pág. 39, Tomo II, Ediciones Peisa, 1973)


De los emigrantes andinos

Los jóvenes emigraron a Lima casi todos; tras ellos las muchachas resolvieron también ir “a buscar la vida” en la capital. La hija de un anciano pobre podía en la gran ciudad emplearse de sirvienta de “una casa grande” y no ser vista jamás por un compoblano. Acudía a las fiestas de los clubes provincianos, al de los pueblos vecinos, los sábados que podía obtener permiso de sus patrones, y se divertía. No se le preguntaba por su trabajo, y si algún mozo se interesaba por ella, la joven podía dar una dirección falsa o citar al pretendiente en otra fiesta, o en un parque próximo a la casa de sus patrones. “Se sospechaba” en seguida cuál era, en ese caso, el trabajo de la muchacha, pero en Lima tan condición no disminuía su categoría social, porque los jóvenes que acudían a esas fiestas, salvo raras excepciones, trabajaban en ocupaciones equivalentes: eran obreros de fábrica, empleados de baja categorías de las grandes casas comerciales, policías, choferes.

Hombres y mujeres trataban de asimilar rápidamente los modales ciudadanos; aprendían los bailes de moda y a usar los trajes y peinados impuestos por la influencia norteamericana. La mayor parte de estos emigrados exageraba los nuevos usos de la ciudad, y la forma cómo danzaban los bailes de moda; procurando demostrar que los dominaban, daban a la apretada concurrencia de los salones alquilados un aspecto entre grotesco y triste para el espectador sensible. Era evidente que muchas de las parejas no se divertían, sino que simulaban; padecían tratando de retorcerse, de seguir el compás endiablado o muy lento de los bailes “afro-cubanos” o “afro-yanquis”. En sus músculos seguían aún rigiendo “la pesadez” del habitante andino, duro de cuerpo, por la práctica de subir y bajar inmensas cuestas y respirar el aire de las grandes alturas. ¡Por fin! Como despedida de la fiesta se tocaban huayno o pasacalles. Entonces se lanzaban a bailar como presos recién liberados, muchas parejas, y gozaban; otras, especialmente por parte de las muchachas bailaban como desanimadas, porque procuraban demostrar que ya estaban totalmente “deserranizados” y que habían olvidado el huayno, y no faltaban hombres y mujeres que no salían a bailar las danzas de sus pueblos declarando en voz alta que se habían olvidado de ellas. Y de verdad, muchos de estos jóvenes no podían bailar; la vergüenza los estorbaba; eran los mismos que se negaban a hablar el quechua y que padecían mientras intentaban bailar con la mayor “destreza” los bailes extranjeros.

Todas las sangres (Pág. 121, Tomo II, Ediciones Peisa, 1973)


Brillante narrador

Don Bruno rezaba sobre la tumba de su padre, casi a la media noche. El panteonero esperaba en la puerta, sentado junto al potro blanco que parecía protegerlo.

Don Fermín y su mujer dormían. Matilde había admitido que Rondón Willka era, de verás, peligroso. Y soñaba algo agitada que don Bruno la arrastraba hacia el río; le gritaba que sus ojos eran del color de las piedras que una tempestad de rayos había desplazado en la quebrada. “Debes morir antes que la ambición pudra tus ojos; no son tuyos sino de mi río; de mis piedras”, le gritaba su cuñado.

– ¡Hay que matarlo, Fermín! ¡Dale un balazo!

– ¿Qué pasa? ¿A quién? –dijo sobresaltado el minero, y pidió la lámpara.

Matilde estaba ya sentada. Sudaba un poco y frío. Parecía espantada.

– ¡A Bruno! –dijo el minero–. Te convenciste.

Matilde se abrazó a su marido y se echó a sollozar.

– ¿Tú? ¿Tú, Matilde?

– Prefiero la realidad al sueño. Acepto tu plan, querido. ¡Lo acepto!

Luego miró a su esposo, con los ojos aún empapados, pero con una expresión firme y enérgica, como si ordenara la consumación de algo muy grave.

Don Fermín la besó en la mejilla. Le acarició la cabeza.

– ¡Amor! Todo se hará a su debido tiempo. Ahora duerme tranquila.

Y apagó la luz.

Todas las sangres (Pág. 152, Tomo I, Ediciones Peisa, 1973)


Aquí un video del CARNAVAL DE TAMBOBAMBA EN VOZ DE JOSÉ MARÍA AGUEDAS, una de las canciones que más le gustaba al escritor. Canta al tambobambino que se lo llevó el río de sangre.