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Docente en la Universidad La Salle, autor de Sombras en el agua (2011).

domingo, 15 de mayo de 2011

Identificarse con lo más repudiable del Perú


Sigo creyendo que el principal mecanismo de toda elección es el de la identificación. Por ejemplo, estas elecciones presidenciales es una interesante muestra. Reconfirmo esto después de leer el artículo de Rocío Silva Santiesteban, quien fue salvajemente atacada por una "tal". La "tal", evidentemente, es una fujimorista "a rabiar", para ser precisos. Es decir es alguien que se identifica hasta el tuétano con todo lo que representa el fujimorismo: lo más repudiable del Perú -para tomarle la palabra a Cotler. Se identifica con los inescrúpulos frente a todo, con el autoritarismo despectivo, la ultraviolencia hacia todo el que disienta de ellos, etc., etc. En fin se trata de una fujimorista que ataca con uñas y dientes por que su candidata sea la próxima presidenta y así todas estas prácticas sean oficiales.


Aquí el artículo:

Perra, terruca, chola

.Por Rocío Silva Santisteban

Ante la caída y derrota del candidato PPK me habían comentado muchas personas sobre el racismo y la intolerancia que se diseminaban por las redes sociales entre los ppkausas hacia los “electarados”, neologismo de sofisticada invención, atribuido por las otras malas lenguas a Aldo M. La verdad que yo, a pesar de navegar por esos lares casi a diario, no lo había percibido con la potencia con que algunos amigos y amigas lo sostenían. Obviamente tampoco es que dudara del racismo que, generalmente más rápido que la ola de un tsunami, se disgrega por doquier en palabra escrita, oral o en imágenes. Pero me quedó la intriga de no sentir en todo su esplendor ese supuesto torpedo.

Como suelen sucederles las cosas a los incrédulos, la semana que acaba de pasar me aconteció a mí misma el proyectil, y con un viraje de tono tal que la violencia de las palabras de cualquier poeta expresionista languidecía de ñoña. El mensaje venía de una supuesta María Luisa Larrea y me decía lo siguiente: “Olle (sic) terruca miserable, sales como una perra ladrando sin tener razón alguna …” y sigue así “le estás haciendo propaganda al asesino reciente que es Ollanta Humala, terruca malparida (...) qué dices de madre mía chola imbécil, cachetona de odio, perra (...) prefiero votar por un perro que es más fiel que ese chavista seguro que te pasó un poco de plata, aparte de que eres fea chola y aguaruna eres la peor chola de las terrucas, entre tú y la mujer de abimael no hay diferencia, mejor es la de abimael porque es callada y no habla porquerías como tú baboza (sic sic recontra sic)”.

En un análisis mínimo llegamos a la siguiente interpretación: ser “aguaruna” que es el nombre castellanizado de los awajún, es considerado algo despectivo, un “insulto” tanto o igual que el sustantivo chola, en su sentido perverso y racista. Algo absurdo, por supuesto. Y para que no queden dudas sobre el sentido ofensivo el párrafo arranca con un “terruca miserable y perra”, luego de la increíble falta ortográfica del encabezado. Como sabemos, el calificativo “perra” para una mujer implica no solo la animalización sino, sobre todo, la referencia a la “sexualidad desenfrenada” de una perra/prostituta. Finalmente termina con una deferencia a “la mujer de abimael” porque sabe callar, algo que, en el peor sentido del término, yo no sabría hacer porque “soy una terruca perra que ladra”. Hay que tener en consideración que la repetición de las “erres” sazonando todo el parágrafo pretende aumentar la agresividad por las vibrantes múltiples.

El análisis me permite distanciarme, sin embargo pretendió ser un golpe. Se trate de una boquita-de-caramelo Larrea o de un troll del universo feisbukero el tema es que la agresividad está a flor de piel y la percibo con toda su crudeza. Pero esta carta no es nada, absolutamente nada, en comparación con un gesto más agresivo que todos los insultos, desprecios y erres vibrantes utilizadas en serie: me refiero al arreglo mortuorio que recibieron los colegas de La Primera. Mi solidaridad con el maestro César Lévano, a cuyas clases en la Universidad de San Marcos asisten centenas de alumnos siempre atentos (para mi envidia como profesora). Sin duda se trata de un ejercicio de amedrentamiento por las puras: Lévano no cejará en su tenacidad periodística. Por supuesto que tampoco es nada desdeñable el intento de ataque de jóvenes desatinados contra Jaime de Althaus, quien felizmente retrocedió despacio para poder salir sin mayores consecuencias. A todos les pido recordar a Nietzsche cuando decía: lo que no nos destruye, nos fortalece.

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